Fantasía de invierno -relatos eróticos

Frida y Nit. Relatos eróticos

Con esta fantasía de invierno, vuelvo a regalaros mi creatividad en forma de relato erótico. Este es el primer capítulo de las historias de Frida y Nit, dos mujeres que no podían estar mucho tiempo separadas la una de la otra.

Este capítulo incluye un juego que hice a través de X , en el que pedí a mis seguidores que escribieran la primera palabra que les viniera a la cabeza. Esas palabras aparecen en negrita a lo largo del relato.

Este relato tiene copyright. Tras recibir varias propuestas para publicar un libro, decidí proteger mis escritos. Son obras originales y me lleva muchas horas presentarlas en la forma en que las vais a encontrar aquí.

Si deseas publicar este relato, puedes contactarme y pedirme permiso a través de mi correo  ladynarabarcelona@gmail.com

Estas fantasías que leerás son pura ficción, pero han nacido de forma original de mis tendencias y deseos, así que podrían ser perfectamente hechos reales.


Uno: la tentación

Era una tarde de domingo tranquila. La lluvia caía sin cesar desde horas tempranas, y por eso Frida había decidido planificar un día en casa delante de la chimenea.

Le costaba relajarse, pero había hecho todo lo que se le ocurría para que nada la molestara, ni siquiera sus propios pensamientos. Velas de olores exóticos, luz tenue en el salón, música ambiente de su playlist “relax” y el móvil en modo avión formaban su pequeña trinchera frente al estrés de los últimos días.

Frida era una mujer única, llena de carisma. Brillaba tanto cuando estaba entre la gente que había aprendido a buscar sus espacios de silencio para digerir todos los estímulos que absorbía: las miradas de admiración, los flirteos de los jovencitos sedientos de experiencias MILF y las inevitables conversaciones de ascensor, de las que sabía huir con elegancia y discreción.

Aquella tarde se sentó en el sofá y, después de mirar un rato el fuego ensimismada, se dio cuenta de que había olvidado una cosa: no había desconectado el timbre de su casa, y justo estaba sonando, rompiedo ese maravilloso estado de paz al que había llegado.

El sonido la sobresaltó.

Dudó unos instantes, pero finalmente decidió abrir.

Unos segundos después tenía delante de sus narices a una mujer sonriente con una botella de vino que la miraba con ilusión y expectativa plantada en la puerta de su casa. Era Nit, la amiga de una amiga a quien había conocido una noche en un festival de jazz y de la cual se había quedado prendada.

En aquel momento no se había atrevido a decirle nada, y Nit había pasado a ser simplemente la musa secreta de muchas de sus fantasías.

Frida estaba en estado de shock ante la visión de aquella mujer, pero aun así la invitó a pasar.

A Nit le encantó el ambiente que había en la casa y, en un tono muy cómplice, le dijo:

—Este es el escenario perfecto para lo que te quería proponer. ¿Empezamos con una copa de este vino que he traído?

Dos: Romper el hielo

Frida no cabía en su asombro. Por un momento le entraron ganas de ponerse a cantar aquella cancioncilla que tenía en la cabeza: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios”. Pero prefirió no romper la dinámica sensual que se estaba formando e invitó a Nit a sentarse en el sofá.

Las dos, juntas y sonrientes, miraron un rato el fuego mientras charlaban y calmaban los nervios.

No les hizo falta mucho tiempo para romper el hielo.

En breve Nit apoyó su mano sobre la pierna de Frida.

Ella miró aquella mano con deseo. Su cabeza empezó a imaginar mil cosas que quería hacerle, pero se frenó, porque la simple contemplación de esa mano ya la volvía loca.

Después de unos segundos deleitándose con la expectativa de todo lo que iba a suceder, le cogió la mano y empezó a lamer sus dedos lentamente, uno por uno.

Frida tenía un fetiche muy particular y parecía que Nit le hubiera leído los pensamientos.

Así como hay fetichistas de pies, ¿puede haber fetichistas de manos? ¿No son las manos una parte del cuerpo llenísima de personalidad e historia?

A ella le daba igual si su inclinación tenía nombre, si era legítima, perversa o normal. Hacía tiempo que disfrutaba corriendo como un cervatillo por los márgenes de lo que la sociedad considera “normal”, y se había rendido a sus pasiones extravagantes, disfrutándolas sin tener que rendir cuentas a nadie.

El sonido de los lametones y el crepitar del fuego componían una preciosa banda sonora para aquella noche inesperada.

Mientras Frida seguía entretenida como una gata recorriendo cada dedo de Nit, esta le dijo con un tono muy sugerente:

—Me gustaría saber si te sentirías cómoda en caso de que yo adopte una actitud un poco dominante.

Frida mostró una sonrisa traviesa de inmediato y respondió:

—Por favor, toma las riendas sin miedo. Si quieres podemos usar una palabra de seguridad para este juego de rol. ¿Qué te parece “papaya”?

Las dos soltaron una carcajada divertida y entraron en detalles sobre cómo iban a proceder para cuidarse y respetar al máximo el consentimiento. De esa manera se sintieron seguras para seguir adentrándose en los terrenos del BDSM y explorarse dentro de aquel juego de dominante y sumisa que acababan de improvisar.

Tres: juegos retorcidos

Nit empezó a darle órdenes a Frida en un tono cariñoso pero firme, y esta no dudaba en seguirlas al pie de la letra. Con cada orden su excitación crecía poco a poco, hasta sentir que ardía incluso más que la hoguera que crepitaba delante de ellas.

—Lámeme más despacio, recréate en cada dedo como si no existiera otra cosa en el mundo. Mírame mientras lo haces. Ponte delante de mí de rodillas. Ahora pasa a los pies, quítame estos tacones y saborea mis pies también lentamente.

—Sí, señora. A sus órdenes, señora.

—Sube por las piernas. Sigue lamiendo, pero acércate poco a poco a este lugar tan sagrado que tengo dentro del tanga.

En ese momento Frida siguió lamiendo y, para ayudarse, colocó sus manos sobre las piernas de Nit.

—¿Quién te ha dado permiso para tocarme? —dijo Nit en tono severo mientras le daba una bofetada suave.

—Perdone, señora… sea misericordiosa.

—A partir de ahora tendrás que pedirme permiso para cualquier cosa que quieras hacer. ¿Te ha quedado claro?

—Sí, señora.

—Pon un poco de vino en tu boca. Acércate y dámelo de beber. Ahora lame aquí con todo tu empeño —dijo señalando su vulva mientras se quitaba el tanga.

Así siguieron durante un largo rato, mezclando sabores y deleitándose.

Cuatro: estallidos

Frida se entregó en cuerpo y alma a su tarea de explorar cada rincón de su señora mientras su cuerpo ardía escuchándola gemir. Perdió la noción del tiempo, se olvidó del mundo entero y su único foco era aquella vulva empapada de fluidos y saliva.

Recorrió aquel territorio sagrado con su lengua de todas las formas posibles y habría podido seguir así durante horas.

Pero un grito de su señora la hizo volver a la realidad.

El cuerpo de Nit temblaba violentamente mientras se corría con intensidad. Los espasmos llenaron la habitación como si un terremoto estuviera sacudiendo toda la estancia.

Las ondas parecían recorrer toda la casa, tal vez incluso toda la ciudad.

Después llegó la calma.

Se abrazaron en silencio y Nit empezó a llorar suavemente.

Cuando su orgasmo había sido tan grande, ella lloraba sin saber muy bien por qué. Pero si la persona con la que estaba no se alarmaba y simplemente la acompañaba en silencio, aquello se convertía en una liberación profunda.

Después su rostro parecía todavía más hermoso, como si la emoción lo hubiera iluminado desde dentro. Nunca se veía tan bella como después de correrse.

Frida la miró completamente enamorada.

En su cabeza volvió a ponerse en marcha un tren de pensamientos alborotados. ¿Cómo podía ser que una mujer así se hubiera fijado en ella? ¿Cómo podría retenerla para siempre a su lado?

Pero ese tren se detuvo en seco cuando Nit deslizó su mano entre sus piernas y empezó a moverla con decisión.

Frida se dio cuenta de que seguía excitadísima, y aquella mano en su sexo era exactamente lo que necesitaba en ese momento.

Se rindió a las sensaciones del tacto de aquella mano que había estado lamiendo con tanto esmero y, al cabo de pocos minutos, sintió que se acercaba al borde del abismo.

—Me voy a correr, señora… me voy a correr.

—Sí. Te vas a correr porque yo te lo ordeno. Córrete para mí. Hazme gozar con tus gritos de placer. Quiero que ahora estalles como una bomba.

Si los gritos de Nit habían sido escandalosos, los de Frida habrían roto cualquier aparato capaz de medir los decibelios.

Cinco: la cocina

—Empate —dijo Nit sonriendo—. Ya estamos iguales.

Hizo una pequeña pausa.

—Y si quieres… podemos volver a empezar.

Frida rió.

—Vale. Pero primero voy a cocinar algo rico para nutrirte y agradecerte uno de los mejores ratos que he pasado en mi vida.

Frida y Nit se fueron a la cocina desnudas, parándose a besarse cada dos pasos.

Una vez allí se dieron cuenta de que no podían despegarse la una de la otra y tardaron cinco horas en conseguir tener un plato de espaguetis delante, porque no lograban concentrarse en otra tarea que no fuera seguir descubriendo sus cuerpos y deleitando sus almas.

Pero esa historia la dejaré para el próximo capítulo…

Notas

Si después de leer esto, quieres planificar una aventura conmigo y alguna de mis amigas, puedes ver aquí mis condiciones

Referencias

«La vida te da sorpresas» canción de Rubén Blades llamada «Pedro Navaja»

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